Este 24 de marzo de 2026, la Argentina amaneció bajo el peso histórico de un número redondo y doloroso: cincuenta años. Se cumple medio siglo desde aquel miércoles de 1976 en que la radiofonía nacional fue interrumpida por la lectura del primer comunicado de la Junta Militar, dando inicio a la dictadura más sanguinaria de la región. Hoy, las plazas de todo el país se ven desbordadas por una marea humana que, lejos de olvidar, reafirma un contrato democrático que se ha vuelto la columna vertebral de la identidad nacional. Lo que comenzó como un despliegue de tanques en las calles de Buenos Aires terminó consolidando un plan sistemático de exterminio que dejó heridas que, a cincuenta años, todavía exigen respuestas en los tribunales y en el ADN de quienes aún no conocen su verdadera identidad.
El derrumbe institucional y la génesis del asalto
Para comprender el escenario que permitió el ascenso de la dictadura, es imperativo analizar la descomposición política y económica que asolaba al país a mediados de los años setenta. Tras la muerte de Juan Domingo Perón en 1974, su viuda y vicepresidenta, María Estela Martínez de Perón, asumió un gobierno debilitado por una violencia política cruzada y una crisis inflacionaria galopante conocida como el «Rodrigazo». Según los registros históricos la inestabilidad social fue el pretexto utilizado por las Fuerzas Armadas, encabezadas por Jorge Rafael Videla, Emilio Massera y Orlando Agosti, para justificar el derrocamiento de un gobierno constitucional bajo la falsa promesa de restaurar el «orden». Sin embargo, lo que se gestaba no era una intervención transitoria, sino un rediseño del país mediante el terrorismo de Estado.

La maquinaria del horror y el plan de desaparición
El autodenominado «Proceso de Reorganización Nacional» no se limitó a la toma del poder político, transformó al Estado en un organismo captor que operó a través de una red de más de 800 centros clandestinos de detención. De acuerdo con el informe oficial de la Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas (CONADEP), la metodología central fue la desaparición forzada de personas, una figura jurídica macabra que permitía al régimen evadir responsabilidades sobre el destino de los detenidos. Las cifras que sostienen los organismos de derechos humanos como el Centro de Estudios Legales y Sociales (CELS) ascienden a 30.000 desaparecidos, un número que simboliza la escala del exterminio de militantes, obreros, estudiantes e intelectuales que se oponían al modelo impuesto.

El despojo de la identidad: el legado inquebrantable de las Abuelas
Dentro de la arquitectura del terror, el punto más bajo fue el «Plan Sistemático de Apropiación de Menores». Las mujeres embarazadas que eran secuestradas daban a luz en condiciones infrahumanas dentro de centros como la ESMA o Campo de Mayo, para luego ser asesinadas mientras sus hijos eran entregados a familias de militares o allegados al régimen bajo identidades falsas. Ante este horror, surgió el movimiento de las Abuelas de Plaza de Mayo, quienes transformaron el dolor en una búsqueda científica y detectivesca sin precedentes. Según los registros de la propia asociación de Abuelas, gracias a la creación del Banco Nacional de Datos Genéticos y al desarrollo del «índice de abuelidad», se han logrado recuperar 137 nietos hasta este aniversario, aunque la búsqueda continúa por los casi 300 que aún viven bajo una identidad robada. Su lucha no solo devolvió la verdad a decenas de familias, sino que instaló el «Derecho a la Identidad» como un concepto jurídico de alcance mundial.

La metodología del tormento y el silencio obligado
La crueldad dentro de los centros clandestinos fue documentada minuciosamente durante el histórico Juicio a las Juntas de 1985 y ratificada en los procesos de lesa humanidad que continúan hasta hoy. Los testimonios recogidos en el informe Nunca Más describen la aplicación sistemática de tormentos como la picana eléctrica, el «submarino» seco y húmedo, y las violaciones sexuales como herramientas de disciplinamiento. En la superficie, la sociedad vivía bajo un régimen de censura previa donde libros eran quemados y canciones prohibidas, mientras el ministro de Economía, José Alfredo Martínez de Hoz, implementaba un plan de ajuste que desindustrializó el país y multiplicó la deuda externa por seis, dejando una herencia de pobreza que condicionaría las décadas siguientes.

El mandato de la memoria a 50 años del quiebre
A medio siglo del golpe, la Argentina se posiciona nuevamente ante el mundo como un referente en la lucha por la justicia. Las marchas masivas que hoy cubren la Plaza de Mayo demuestran que el reclamo de Memoria, Verdad y Justicia no ha envejecido. A pesar de los intentos de ciertos sectores por revisar o minimizar lo ocurrido, la vigencia de los juicios y la búsqueda incesante de los nietos desaparecidos confirman que la sociedad argentina ha decidido no cerrar la herida en falso. Este 50° aniversario es una postal necesaria para garantizar que los métodos del terrorismo de Estado queden definitivamente sepultados bajo la consigna irrenunciable que une a todas las generaciones: Nunca Más.
